
La decisión de estudiar medicina llegó en un momento en el que todavía no entendía del todo por qué. Lo que sí sabía era que tenía una vocación de servicio. Con los años entendí que ese llamado no era solo hacia la medicina, sino hacia una forma particular de ejercerla: en el monte, en el interior de Misiones, junto a quienes más necesitan que la salud pública esté presente.

Desde que llegamos con mi marido a Aristóbulo del Valle, hace dos años (antes estaba en Alem) empecé a tener un contacto mucho más profundo con mi vocación. Fue ahí donde encontré el verdadero sentido de mi trabajo. La medicina rural me dio la oportunidad de estar cerca de la gente, en lugares donde realmente se necesita este servicio.
Desde el lado de la salud, poder garantizar el acceso en cualquier rincón donde haya una familia es mucho más que un deber profesional: es un compromiso humano. Para mí, ser médica rural es actuar de intermediaria, levantar las barreras que impiden llegar a una atención oportuna y de calidad. La salud es un derecho, y como parte del sistema sanitario, tengo la obligación de trabajar todos los días para que ese derecho se cumpla.

En los parajes donde trabajo, como Los Pumas, Propaganda o Saracura, muchas veces la gente no tiene cómo salir de la colonia. Cuando llueve, el transporte se interrumpe. Y es ahí donde cobra valor el trabajo en equipo que desarrollamos desde el CAPS de Aristóbulo.
Hay odontólogo, nutricionista, obstetra, psicóloga social, enfermeras. Entre todos, formamos una red que se extiende desde el pueblo hacia las chacras y comunidades, acercando los servicios de salud a quienes más lo necesitan. Cuando se trabaja en conjunto, los resultados se ven. Y son transformadores.



Acompañamos desde el nacimiento hasta la vejez, en situaciones simples y también en contextos complejos. Porque en la ruralidad hay saberes, hay comunidad, hay dignidad. Y hay una enorme necesidad de que la salud pública sea activa, respetuosa y presente.
Médica rural (*)

