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Written by 9:15 pm Internacionales

Tsunami en el Pacífico: un crucero abandonó más de 300 turistas en Hawaii sin aviso ni asistencia

Un sismo de magnitud 8,8 que sacudió la península de Kamchatka, en Rusia, generó una alerta de tsunami en varias regiones del Pacífico. Entre los países afectados se incluyó Estados Unidos, donde Hawaii activó rápidamente sus protocolos de emergencia. Como consecuencia, más de 300 turistas quedaron varados en tierra firme luego de que un crucero los abandonara sin previo aviso.

El episodio se desarrolló en la localidad de Hilo, en la Isla Grande de Hawaii. Allí, un numeroso grupo de turistas de distintas nacionalidades, incluidos varios peruanos, disfrutaba de una excursión organizada por la empresa Norwegian Cruise Line. Uno de ellos, Ronald Cárdenas, relató lo ocurrido desde una escuela local donde terminaron refugiados: “Nos dejaron sin equipaje, ni pasaporte, ni siquiera con un contacto para reclamar. Nos abandonaron”.

Qué dijeron los pasajeros del crucero por el tsunami en Hawaii

Ronald viajó con su familia y un grupo de compatriotas desde Perú. Al descender del crucero, tenían previsto recorrer la playa negra y el volcán Kilauea, uno de los más activos del planeta. Sin embargo, el alerta cambió los planes. Según contó Cárdenas, la alarma llegó primero por una aplicación local de sismos en Hawaii. “A eso de las 13, mi hijo comienza a ver en distintas páginas de internet un alerta de tsunami para las costas del Pacífico. Pero no le dimos importancia porque desde la comunicación del crucero no nos avisaron nada”, explicó.

La situación se tornó más confusa cuando los turistas recibieron un mensaje unilateral desde el chat informativo del crucero. “Nos informaron del peligro de tsunami y debemos partir de inmediato”, decía el aviso. Nadie pudo responder ni contactar a la empresa. Simplemente se fueron. “Se llevaron equipaje, pasaportes, dinero. Nos quedamos con el equipaje de mano que habíamos bajado para estar durante el día”, señaló Cárdenas, que también se desempeña como decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Lima.

Los pasajeros buscaron refugio como pudieron. Terminaron alojados en una cancha de básquet de una escuela pública. Sin información oficial ni asistencia inmediata, los afectados pasaron más de diez horas a la espera de novedades. Desde la empresa no emitieron comunicados claros y tampoco ofrecieron soluciones inmediatas. “Estamos molestos, indignados, cansados y sin saber bien qué hacer”, expresó el turista.

Además, denunció una falta total de canales de contacto con la empresa: “No tengo como pasajero un número donde reclamar, ni un correo electrónico. Solo nos queda esperar”. Las autoridades marítimas locales informaron que el crucero se mantenía a unas 50 millas de la costa, sin autorización para regresar.

En horas de la tarde, con el mar más calmo y la amenaza de tsunami reducida, los varados comenzaron a recibir mensajes sobre una posible reanudación del viaje. “Durante esta madrugada habrá una revisión de la autoridad marítima para ver si el crucero puede regresar a buscarnos o no”, contaron. Sin embargo, la incertidumbre no cesó.

La historia de Ronald y su grupo evidenció las falencias de una cadena de comunicación que no funcionó en una situación crítica. También expuso la falta de previsión de una empresa que decidió evacuar sin garantizar la seguridad ni la logística para sus pasajeros. El grupo pasó de disfrutar un paseo turístico a enfrentar la desprotección total. “Pasamos de estar en un crucero con todo tipo de comodidades a que apenas nos dieran medio sándwich, papas y agua”, lamentó Cárdenas.

Mientras tanto, el crucero esperaba que amaneciera para evaluar el estado del mar y recibir autorización para regresar o derivar a los pasajeros a otra isla. Las autoridades locales monitorearon la situación, pero no ofrecieron detalles sobre el operativo que permitiría reencontrar a los turistas con el barco.

El incidente reveló, una vez más, los riesgos asociados a desastres naturales como tsunamis, pero también los vacíos en la gestión de emergencias del sector turístico. La experiencia dejó a más de 300 personas en una situación de vulnerabilidad extrema. A pesar de que la alerta disminuyó, la odisea para quienes quedaron en tierra continúa. La espera se transformó en el nuevo desafío.

Al cierre de esta nota, las familias afectadas seguían alojadas en el establecimiento escolar, aguardando la decisión final de la compañía y de las autoridades marítimas. Aunque el mar ofrecía una tregua, la desconfianza y el malestar seguían a flor de piel.

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