Han pasado más de cinco décadas desde el accidente aéreo que transformó una tragedia en una historia de supervivencia. El avión Fairchild FH-227D de la Fuerza Aérea Uruguaya, que transportaba a jugadores del club de rugby Old Christians hacia Santiago de Chile, nunca debió intentar cruzar los Andes en las condiciones meteorológicas de aquel 13 de octubre de 1972. A bordo viajaban 45 personas, entre deportistas, familiares y tripulantes, que iniciaron un trayecto con múltiples demoras hasta que el tercero de los intentos resultó fatal.

El vuelo 551 despegó desde Montevideo con destino a la capital chilena, pero una tormenta obligó a detenerse en Mendoza. Aunque existía una ruta directa más corta, la altitud de la cordillera impedía sobrevolarla con seguridad, ya que el avión no alcanzaba la altura necesaria al estar completamente cargado. Por esa razón, los pilotos optaron por una ruta alternativa más larga, hacia el sur, para ingresar a Chile por el Paso del Planchón. Sin embargo, el mal tiempo volvió a retrasar la partida hasta la tarde del viernes 13, cuando finalmente emprendieron el vuelo.
El impacto en la montaña y el inicio de la odisea
El bimotor avanzaba a 5.500 metros de altura y, debido a la escasa visibilidad, los pilotos dependían únicamente de los instrumentos de navegación. A las 15.21, informaron falsamente que se encontraban próximos a Curicó, creyendo haber cruzado la cordillera. Minutos después, el avión golpeó una montaña a 4.200 metros de altitud. El impacto partió el fuselaje en varias secciones, dejando un saldo inmediato de once muertos y numerosos heridos. El resto del fuselaje se deslizó por una pendiente nevada hasta detenerse en el glaciar conocido como Valle de las Lágrimas, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar.
Los sobrevivientes, sin abrigo adecuado ni provisiones, enfrentaron temperaturas extremas durante 72 días. Utilizaron el fuselaje como refugio y, al agotarse la comida, recurrieron a la dolorosa decisión de alimentarse con los cuerpos de sus compañeros muertos. A medida que pasaban las semanas, las esperanzas de rescate se desvanecían, y el aislamiento los obligó a organizarse para resistir.
La caminata hacia la vida y el hallazgo del arriero
El 12 de diciembre, convencidos de que las operaciones de búsqueda habían terminado, tres de los sobrevivientes iniciaron una caminata en busca de ayuda. Solo dos lograron continuar: Fernando Parrado y Roberto Canessa. Tras diez días atravesando montañas y valles, llegaron hasta el río Azufre, en territorio chileno, donde encontraron a tres hombres a caballo. Del otro lado del río, los jóvenes lanzaron un mensaje dentro de un pañuelo que decía: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace diez días que estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí”.

El arriero chileno Pablo Sergio Catalán recogió la nota y comprendió que se trataba de un pedido desesperado de auxilio. Les lanzó panes desde su orilla y les indicó que permanecieran allí, mientras él emprendía una larga cabalgata hasta el retén de Carabineros más cercano, en Puente Negro, a unos 80 kilómetros. Esa travesía sería clave para cambiar el destino de los sobrevivientes.
El aviso que permitió el rescate
Cuando Catalán llegó al destacamento policial, agotado tras diez horas de viaje, los agentes no creyeron su relato y pensaron que estaba ebrio. Solo cuando les mostró la carta escrita por los jóvenes comprendieron la gravedad del hallazgo y se comunicaron por radio con Santiago para organizar un operativo aéreo. El 22 de diciembre, dos helicópteros de Carabineros volaron hacia la zona indicada y hallaron al resto de los sobrevivientes, guiados por Parrado y Canessa.
El rescate marcó el final de una de las historias más impactantes de la aviación mundial. Los 16 sobrevivientes fueron trasladados a Chile tras más de dos meses de aislamiento, hambre y frío extremo. Desde entonces, “la tragedia de los Andes” se recuerda también se convirtió entonces en “el milagro de Los Andes”.

La vida despues de los Andes
A 53 años del accidente, doce de los dieciséis sobrevivientes del vuelo del Fairchild FH-227D continúan con vida. De acuerdo a Infobae, uno de los más reconocidos, Roberto Canessa, se recibió de médico, se especializó en cardiología infantil y obtuvo en tres oportunidades el Premio Nacional de Medicina de Uruguay. Además, es docente universitario y conferencista internacional. Fernando Parrado, por su parte, se dedicó al automovilismo y al periodismo especializado, además de recorrer el mundo brindando charlas basadas en su vivencia.
Carlos Páez, el más joven del grupo, trabajó como empresario, publicista y escritor, y también se dedicó a ofrecer conferencias motivacionales. José Pedro Algorta se formó en Economía y Administración de Empresas, mientras que Alfredo Delgado optó por mantener perfil reservado, alejado de los medios y dedicado a la profesión notarial.

Entre los demás sobrevivientes, varios mantuvieron una vida discreta y familiar. Roberto Francois se dedicó a la producción agropecuaria, Roy Harley continuó su carrera en Ingeniería. Ramón Sabella y Antonio Vizintín se volcaron a las conferencias y actividades vinculadas al rugby, mientras que Eduardo Strauch ejerció la arquitectura y mantuvo vivo el vínculo con la montaña, regresando cada año al lugar del siniestro. Adolfo Strauch y Gustavo Zerbino, por su parte, siguieron ligados al campo y al deporte, este último con un papel destacado en la dirigencia del rugby uruguayo.

