Cincuenta años atrás, cambiaba el fútbol argentino para siempre. Esa tarde de miércoles calurosa, ese 20 de octubre de 1976, en un partido a priori intrascendente, diez días antes de cumplir los 16, debutaba profesionalmente Diego Maradona. Lo que alguien podría haber señalado como hito en ese momento —que se trataba del jugador más joven en debutar en Primera— quedó empalidecido ante la perspectiva histórica: era el primer paso del jugador más extraordinario que alguna vez haya jugado en el fútbol local (y uno de los dos mejores de la historia de este deporte).
Diego hacía años que se destacaba en las inferiores de Argentinos. La gente hablaba de él. Deslumbraba en los entretiempos de los partidos haciendo jueguitos; también el programa de Pipo Mancera y con los Cebollitas, el equipo infantil que encabezaba, eran tema de conversación.
Su debut en Primera era inevitable, pero todos sospechaban que todavía se demoraría un buen tiempo. A mediados del 76 lo subieron a entrenar con el plantel profesional. Los compañeros, en especial los más veteranos, no podían entender lo que veían. Habían escuchado que ese chico de rulos de la séptima era bueno y les habían pedido que no le pegaran. Pero lo que presenciaban en cada entrenamiento era inimaginable. Cada vez que tomaba contacto con la pelota, dejaba a cuatro o cinco en el camino y la mayoría de las veces que le pegaba al arco, la colgaba de un ángulo.
Al finalizar los entrenamientos, no dejaba la cancha hasta pegarle cuatro veces consecutivas al travesaño: lo hacía con tanta naturalidad que casi siempre era de los primeros que llegaba al vestuario.

La antesala a un momento que cambió el fútbol
Argentinos trataba de cuidarlo. Francisco Cornejo, el encargado de las inferiores, con quien tenía una gran relación, al principio se resistió a dejarlo subir a Primera ante el pedido del DT Juan Carlos Montes. Cornejo tenía miedo de que lo lastimaran; quería que se formara un año más antes de pegar el salto.
Por esos días, el club le entregó un departamento que le había alquilado para que viviera con su familia en Argerich 2746, en Villa del Parque. Los dirigentes de Argentinos eran conscientes de la proyección de Diego (había que ser ciego para no percibir su talento sobrenatural). Ya con algunos partidos en primera, en una concentración, Diego se acercó a Carlos Munutti, el arquero y uno de sus compañeros más experimentados, y le contó que estaban negociando el contrato. Le preguntó qué debía pedir. “La cancha, Diego. Pediles la cancha, porque los vas a salvar a todos”, le respondió Minutti.

Pero de las negociaciones y de todo lo comercial se encargaba el representante de Maradona, Jorge Cyterszpiler, un joven de rulos, con un caminar rengo, secuela de la polio, voraz, que apenas tenía 18 años. Unos años antes, Jorge acompañaba al club a su hermano, un promisorio jugador que murió muy joven. Regresó a Argentinos cuando le dijeron que había un chico que era excepcional, algo nunca visto. Seguía a la novena, se hizo amigo de él y de la familia; se convirtió en su representante.
Asediaba a los periodistas para que le hicieran notas a Diego, para que publicaran sus logros en los torneos de inferiores, algo absolutamente inusual en la época. Una de sus muchas iniciativas fue perseguir a los periodistas de El Gráfico, la revista deportiva más importante de América. Tanto les habló del joven genio que representaba que salió una breve nota en la revista mientras Diego jugaba en la séptima de Argentinos Juniors; debe tratarse de un récord: la única entrevista y hasta mención a un jugador de inferiores en los 75 años que tenía El Gráfico en ese entonces.
Por todo eso, antes del partido de ese miércoles a la tarde, Cyterszpiller habló con los líderes de la redacción para informarles que su representado iría por primera vez al banco. Varios miembros de la redacción fueron a la cancha de Argentinos esa tarde. Además del relato que hiciera posteriormente Cherquis Bialo, hay una foto que lo certifica. El director Ernesto Vega Onesime, el subdirector Cherquis Bialo y el secretario de redacción O.R.O (Osvaldo Orcasitas) son algunos de los que se sentaron en la platea esa tarde. Lo más probable es que hayan ido a ver a Talleres de Córdoba, una de las atracciones principales de esos Nacionales de los años setenta.
Excepto otro partido (Platense-Huracán de Comodoro Rivadavia), el resto de la fecha se jugaba a la noche y les daba el tiempo para llegar a los otros estadios.En ese Nacional, Argentinos venía bastante bien. Los equipos estaban divididos en cuatro zonas; los dos primeros de cada una se clasificaban a los cuartos de final. Promediaba el torneo y estaba cerca de la punta, a un punto de meterse entre los clasificados, aunque todos estaban muy apretados. Talleres había empezado mal, algo poco usual. En las cuatro primeras fechas, solo había sacado un punto.
Pero llegó a La Paternal luego de ganar los tres partidos siguientes y ya acomodado en la tabla (no perdería más en la fase regular y caería en semifinales contra River).
El día del debut
Ese 20 de octubre de 1976, Diego se convirtió en el jugador más joven en debutar en el fútbol argentino. 15 años, 11 meses y 20 días. Pero hasta se podría considerar que el suyo fue un debut tardío. En el Metropolitano del 76, Argentinos se había salvado de descender en la última fecha; quedó a dos puntos de San Telmo, el único que perdió la categoría. No eran buenos tiempos para el club de la Paternal. Sin muchas esperanzas en el Nacional, el técnico Juan Carlos Montes y los dirigentes pensaron aprovechar el nuevo torneo para foguear jugadores jóvenes.
Lo podían hacer sin presión alguna: en el Nacional no había descensos y, como todavía no se habían instaurado los promedios, los resultados no afectaban para la pérdida de categoría en la siguiente temporada.
Montes pensó poner a Diego desde el principio del nuevo campeonato, pero se encontró con un imprevisto. Al finalizar el Metropolitano y con el plantel de Primera en un breve receso antes del inicio del siguiente campeonato, para que no perdiera ritmo (y para asegurarse la victoria), Diego regresó por unas semanas a su categoría. Pero en el segundo partido, en un clásico barrial frente a Vélez, después del partido Diego se acercó al referí. Primero lo trató con sarcasmo, luego concluyó con: “Sos un desastre”.
Fue informado y el Tribunal de Disciplina (durísimo en esos años, otorgaba sanciones extensas y hasta ridículas: venía de dejar al Loco Gatti sin jugar más de un mes por usar vincha) le dio 5 fechas (eso establece Diego en sus memorias; otros dicen que fueron 7). Por esa circunstancia, el debut en primera se retrasó varias semanas.Al finalizar el entrenamiento del martes 19, el entrenador Juan Carlos Montes se acercó a Diego y le informó que iría al banco en el partido del día siguiente. Cuando Diego sonrió emocionado y agradecido, Montes le dio una noticia más: “Y prepárese, pibe, porque mañana entra”.

“Me fui corriendo con el corazón en la boca para contarles a mis viejos”
En sus memorias, Diego contó cómo siguió esa jornada: “Agarré, desde ahí mismo, desde Comunicaciones donde nos entrenábamos, me fui corriendo con el corazón en la boca para contarles a mis viejos. Y claro, le conté a la Tota y te imaginás… A los dos segundos ya lo sabía todo Fiorito. (…) Por ahí, por la casa de Fiorito, pasaban todos, mi primo Beto, mi primo Raúl; todos pasaban por la casa de Villa Fiorito para saber si jugaba o no.
Claro, ellos me iban a ver hasta las inferiores, siempre y cuando tuvieran plata para el colectivo. La cosa es que cuando le conté a mi primo Beto, el que más quise y más quiero, se largó a llorar… Pero se largó a llorar de una manera que no lo podíamos parar. En ese momento yo me di cuenta de que estaba por pasarme algo grande al otro día. Y también, justo al otro día, un miércoles, mi viejo laburaba, así que no podía estar en eso que tanto habíamos soñado juntos. Entonces me preparé para ir a la cancha solo”.
Pero Don Diego no faltó. Pidió permiso en el trabajo para salir temprano con la promesa de recuperar esas horas al día siguiente. Llegó a tiempo a La Paternal. Antes de salir a la cancha, alguien golpeó la puerta del vestuario y le avisó a Diego que su papá ya estaba en la tribuna.
Talleres tenía su camiseta habitual, las rayas verticales azul oscuro y blancas, pero demasiado escotada, que terminaba en un incómodo cuello blanco. Argentinos, la roja con la banda blanca cruzando el pecho, de piqué y mangas largas; los pantaloncitos (el diminutivo es necesario: eran muy cortos), también rojos con un vivo blanco. Los cronistas sostienen que había entre 7000 y 8000 personas en la cancha, aunque con los años ese número haya crecido hasta el millón, porque ante todo evento que luego se convertirá en histórico, como este debut, muchos juran haberlo presenciado.
Los detalles del partido en el debut de Maradona
Según los comentarios de los diarios de la época, el primer tiempo fue parejo y anodino, con una leve superioridad de Talleres. Pasados los 30 minutos, luego de un desborde y un centro atrás, el Hacha Ludueña con tiro contra el palo derecho de Munutti puso el 1-0.
Para iniciar el segundo tiempo, Argentinos salió con una novedad. En el vestuario se quedó Giacobetti, un volante de contención que habían ubicado más suelto, e ingresó un chico bajito, lleno de rulos apretados, con el número 16: Diego Armando Maradona.
Montes, que al terminar el primer tiempo se acercó a él y le preguntó si se animaba, no se extendió en las indicaciones. Le dijo que jugara como él sabía y que tirara un caño en la primera pelota que recibiera. “Le hice caso: recibí la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Patricio Cabrera, le amagué y le tiré la pelota entre las piernas; pasó limpita y enseguida escuché el oooole… de la gente, como si fuera una bienvenida. Entre los chicos me había acostumbrado a que me cagaran a patadas, pero en ese primer partido aprendí rapidito que tenía que saltar justo. Lo gambeteas al marcador, saltas la patada y seguís con la pelota; si no aprendes eso, a la tercera patada ya no podés seguir”, contó Maradona en su libro.
Ese Diego juvenil y genial en ascenso inexorable hacia la cima del mundo fue inolvidable para cada uno de los que pudimos verlo hacer maravillas en la cancha. Tenía todo lo que un futbolista puede tener: habilidad, pegada, potencia, imaginación, visión, mucho coraje, alegría, eficacia, rigor competitivo. A todo le agregaba el plus del aspecto estético. Cada uno de sus movimientos era de una belleza inefable, inesperada. Y, por supuesto, genio, esa condición que lo alejaba hasta de los mejores de su profesión.

