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Written by 3:05 pm Notas de opinión

Nunca subestimes el corazón de un campeón

Hay victorias que clasifican. Otras que construyen una leyenda. La de Argentina frente a Egipto en el Mundial 2026 pertenece a esas tardes que trascienden el resultado. Porque cuando el campeón parece tambalear, pero vuelve a levantarse, el deporte recuerda una verdad tan vieja como vigente: nunca hay que subestimar el corazón de un campeón.

Por Santiago Sanabria.

Quizás sea esa una de las mayores enseñanzas que deja el deporte de alto rendimiento. Desde afuera suele imaginarse que quien llegó a la cima juega con menos presión, con mayor tranquilidad, casi por inercia. La realidad suele ser exactamente la contraria. Defender una corona es, muchas veces, mucho más difícil que conquistarla.

Argentina lo volvió a demostrar frente a Egipto. No fue un partido perfecto. Fue incómodo, áspero, cambiante y, por momentos, angustiante. De esos encuentros en los que cada error parece costar el doble y el reloj corre más rápido para quien siente que puede quedarse sin Mundial. Sin embargo, cuando el escenario parecía más adverso, apareció ese rasgo que distingue a los grandes equipos de la historia: la capacidad de resistir.

Por eso las imágenes posteriores al encuentro tuvieron un valor enorme. Lionel Messi con los ojos cargados de emoción. Lionel Scaloni abrazando a su cuerpo técnico con el alivio de quien comprende todo lo que hubo detrás de esos noventa minutos. No era solamente un pase a los cuartos de final. Era la confirmación de que el espíritu competitivo seguía intacto.

Entonces apareció un recuerdo. Hace más de tres décadas, otro campeón vivía una historia parecida, aunque en otro deporte.

En 1995, los Houston Rockets dirigidos por Rudy Tomjanovich llegaban a los playoffs de la NBA como el sexto preclasificado de la Conferencia Oeste. Muy pocos los señalaban como candidatos al título. Sin embargo, fueron eliminando uno por uno a rivales que parecían superiores. Dejaron en el camino a Utah Jazz, remontaron una serie inolvidable frente a los Phoenix Suns de Charles Barkley, vencieron a los San Antonio Spurs del Jugador Más Valioso David Robinson y terminaron barriendo 4-0 en las Finales al joven Orlando Magic de Shaquille O’Neal y Penny Hardaway.

Aquel recorrido sigue siendo uno de los más extraordinarios de la historia de la NBA. Nunca un campeón había conquistado el título desde una posición tan baja en la clasificación enfrentando semejante nivel de rivales.

Cuando levantó el trofeo, Tomjanovich no habló de sistemas tácticos ni de estadísticas. Pronunció una frase que terminó convirtiéndose en patrimonio del deporte mundial.

“Never underestimate the heart of a champion.” Nunca subestimes el corazón de un campeón.

No hablaba únicamente de básquetbol. Hablaba de esa capacidad invisible que tienen algunos equipos para seguir creyendo cuando todo parece escaparse. De la experiencia que aparece en los momentos de mayor tensión. Del liderazgo. De la confianza construida después de tantas batallas compartidas. De esa fortaleza imposible de medir con una planilla. Eso también explica a esta Selección argentina.

Desde Qatar 2022 dejó de ser el equipo que perseguía un sueño para convertirse en el rival que todos quieren derrotar. Cada selección prepara el partido de su vida cuando la enfrenta. Cada victoria exige un esfuerzo mayor que la anterior. Ya nadie la subestima.

Y, sin embargo, ahí sigue. Con un Messi que ya no necesita demostrar nada, pero que continúa emocionándose como si todavía fuera aquel chico que soñaba con levantar una Copa del Mundo. Con un Scaloni que transformó un grupo de futbolistas en un equipo convencido de que el talento, por sí solo, nunca alcanza. Porque las grandes dinastías no se construyen únicamente con calidad. Se construyen con carácter.

Quizás exista otra frase que también sobrevuele estas noches. Dicen que una estrella brilla más antes de apagarse. No porque necesariamente esté llegando el final, sino porque su luz alcanza una intensidad distinta cuando el tiempo nos recuerda que incluso los más grandes son finitos.

Cada partido de Messi parece tener ese efecto. Ya no se lo observa solamente por lo que hace con la pelota. Se lo mira con la conciencia de estar presenciando una etapa irrepetible del mejor futbolista de su generación. Cada asistencia, cada conducción, cada abrazo y cada lágrima adquieren un valor diferente cuando entendemos que estos momentos no serán eternos.

Tal vez por eso conmovió tanto verlo emocionado después del triunfo frente a Egipto. Porque esa imagen fue mucho más que el festejo de una clasificación. Fue el reflejo de un hombre que sigue sintiendo la camiseta con la misma intensidad que el primer día y que continúa liderando a un grupo dispuesto a dejarlo todo por un objetivo común.

Quizás dentro de algunos años pocos recuerden cómo fue cada jugada de este partido. Tal vez se olviden el orden de los goles o las estadísticas del encuentro.

Lo que probablemente permanezca será otra cosa. La imagen de un campeón que volvió a sufrir para seguir de pie. La de un entrenador emocionado por sus jugadores. La de un capitán que, aun después de haberlo ganado todo, sigue celebrando como si fuera la primera vez.

Y mientras Messi sonreía entre lágrimas y Scaloni respiraba aliviado, aquella sentencia de Rudy Tomjanovich volvió a cobrar sentido.

Porque el tiempo cambia los protagonistas, los escenarios y hasta los deportes. Lo que nunca cambia es esa fuerza difícil de explicar que aparece cuando los mejores están contra las cuerdas.

Nunca subestimes el corazón de un campeón.

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