La ciudad de Dubái pasó en poco más de medio siglo de ser un pequeño núcleo en el desierto a una urbe masiva. Actualmente, su área metropolitana ya concentra cerca de cuatro millones de habitantes bajo un modelo de expansión constante. Este enclave, junto con Abu Dabi y Doha, se consolidó como un centro de inversión internacional que atrae capitales financieros y turísticos. Sin embargo, la cercanía geográfica con Irán y el riesgo derivado de la guerra golpearon la imagen de seguridad de toda la zona.
Alicia García-Herrero, economista jefe de Natixis CIB, aseguró que la narrativa del Golfo como nuevo polo financiero global se debilitó temporalmente. Las disrupciones en la aviación y los puertos afectaron la estabilidad percibida por los mercados tras los recientes ataques. Por su parte, el profesor José Antonio Vega explicó que el principal producto de estos países era la estabilidad institucional. Al dejar de ser vistos como un oasis seguro, los inversores pedirán más rentabilidad o moverán su dinero hacia Estados Unidos o Europa.
Históricamente, Dubái y Abu Dabi atrajeron grandes cantidades de capital expatriado proveniente de ciudadanos rusos e indios de alto poder adquisitivo. No obstante, los ataques directos y las imágenes de incendios cerca de hoteles de lujo rompieron con la narrativa de refugio tradicional. Gustavo Martínez, CEO de Value Projec, advirtió que existen indicios de una “fuga temporal de capital” y una marcada cautela inversora. Algunos analistas vaticinaron incluso salidas de fondos a corto plazo, aunque los flujos de largo plazo podrían mostrar una mayor resistencia.
La evolución de la crisis dependerá exclusivamente de cuánto tiempo se extienda la situación bélica en la región del Golfo Pérsico. José Manuel Amor, de Analistas Financieros Internacionales, señaló que el impacto principal resultó ser reputacional durante las primeras semanas del conflicto. Si la guerra se cronifica, lo más probable es que quede una prima de riesgo estructural para hacer negocios en esta zona. La pérdida de conexiones aéreas y las rupturas logísticas pusieron en jaque la capacidad de mantener la actividad empresarial habitual.
El clima bélico también representa un duro golpe para la estrategia de diversificación económica que desplegaron estos países recientemente. Emiratos, Arabia Saudí y Qatar invirtieron miles de millones en tecnología, finanzas y eventos globales para reducir su dependencia del petróleo. Los ataques generaron costes adicionales en defensa y presionaron los presupuestos estatales, lo que podría forzar revisiones de compromisos futuros. El sector turístico sufrió un impacto inmediato ante los avisos oficiales de las potencias occidentales para no viajar a la región.
Las agencias de viajes registraron cancelaciones relevantes a destinos como Omán, Jordania o Dubái en los últimos días del conflicto. Muchos vuelos hacia Asia y Oceanía utilizan estos aeropuertos como puntos de conexión, por lo que numerosos itinerarios sufrieron alteraciones significativas. El mercado inmobiliario también registró señales de enfriamiento tras un periodo de crecimiento acelerado. Dubái mostró señales de sobrecalentamiento con precios que se dispararon un 60% desde 2022, según el banco de inversión UBS.

