En medio del conflicto de 1982, mientras los soldados argentinos enfrentaban el frío y la incertidumbre en las Islas Malvinas, un perro mestizo se convirtió en un compañero inseparable y testigo silencioso de la guerra. Conocido como Mortero, este animal viajó al frente de batalla, acompañó patrullas, alertó sobre peligros y compartió el destino de los soldados, incluso como prisionero, dejando una huella que aún permanece en la memoria de quienes estuvieron allí.
El 2 de abril de ese año, en el inicio del conflicto, se subió sin ser visto a un transporte militar que partía hacia las islas. “Nadie lo llevó, se metió solo y apareció en pleno vuelo”, recordaron años después quienes compartieron ese momento. Desde entonces, quedó ligado a la unidad y recibió el nombre de “Mortero”.

Alertas en combate y vínculo con la tropa
Durante su permanencia en las Islas Malvinas, el perro acompañó patrullas de hasta diez días, cruzó campos minados y permaneció junto a los soldados en trincheras. Su conducta también generó relatos que aún circulan entre excombatientes.
“Cuando había ataques, se paraba en alto y aullaba”, señalaron. En otras ocasiones, “miraba fijo al cielo, como si anticipara los helicópteros”. Para quienes estuvieron en el frente, su presencia representó una forma de alerta y también de contención en un contexto de frío extremo y aislamiento.
El vínculo con la tropa se consolidó con el paso de los días. “Ya no era un perro, era uno más”, resumieron exsoldados, quienes destacaron su constancia al acompañar salidas y esperar el regreso en los límites del campo de operaciones.
Cautiverio, regreso y memoria
Tras la rendición argentina, Mortero fue trasladado como prisionero en el buque británico Norland. En ese contexto, protagonizó un episodio que quedó registrado en los testimonios: “Tiren a un soldado, pero no a Mortero”, dijeron los militares argentinos cuando se planteó dejarlo fuera del traslado.

Finalmente, el animal regresó al continente junto a la unidad, bajo la condición de no generar inconvenientes durante el viaje. “Era parte de nosotros, no lo íbamos a dejar”, recordaron sobre esa decisión.
Después del conflicto, volvió al regimiento y más tarde fue adoptado por la familia de un oficial. Murió de viejo en Comodoro Rivadavia. Hoy, su figura permanece en la memoria institucional, con un espacio en la sala histórica del regimiento y representaciones que destacan su rol durante la guerra.

