
Hay una escena permanente en Cien años de soledad. Mientras el poder discute sus propias urgencias, la verdadera vida ocurre en otro lado. En Macondo las transformaciones importantes nunca empezaban en los escritorios ni en los salones donde se repartían los cargos. Empezaban en la calle, en las casas, en los oficios, en la gente común. García Márquez entendía que los pueblos tienen un ritmo propio y que muchas veces la política llega tarde para descubrirlo.
Durante mucho tiempo se instaló una idea casi naturalizada: que Misiones se explicaba desde Posadas. Como si todo lo importante ocurriera allí y el resto de la provincia fuera apenas un escenario secundario. Es una mirada injusta. No porque la capital no tenga un rol central —lo tiene y seguirá teniéndolo—, sino porque una provincia no se construye únicamente desde donde están los ministerios. También se construye donde se produce, donde se enseña, donde se emprende y donde todos los días alguien abre un comercio, trabaja la tierra o simplemente espera una respuesta del Estado.
Ese parece ser uno de los cambios más interesantes que empieza a mostrar esta etapa de la gestión provincial. No hace demasiado ruido. Tampoco se anuncia con grandes consignas. Se advierte en una forma distinta de gobernar.
Las recorridas permanentes de Hugo Passalacqua por distintos municipios, los gabinetes itinerantes y la decisión de que sean los ministros quienes se trasladen para escuchar de primera mano a los intendentes hablan de una misma concepción: acercar el Estado a los lugares donde los problemas ocurren y no esperar que todo termine resolviéndose en una oficina de la capital. Suena obvio, pero no lo es. Gobernar desde el escritorio siempre fue más cómodo. Y la comodidad, en política, suele ser el principio del deterioro.
No se trata de enfrentar a Posadas con el resto de la provincia. Esa sería una discusión artificial. La capital seguirá siendo el centro administrativo, económico e institucional de Misiones. Pero gobernar una provincia implica mucho más que administrar la capital. Implica comprender que una obra de agua en Almafuerte, un camino rural en San Pedro, una escuela en Bernardo de Irigoyen o una cooperativa en Andresito tienen el mismo valor estratégico que cualquier decisión tomada en Posadas.
Cuando los recursos son escasos, la cercanía deja de ser un gesto político para convertirse en una herramienta de gestión. Un ministro que pisa el territorio probablemente comprenda mejor un problema que quien solo lo conoce por un informe. Un expediente puede describir una necesidad. Difícilmente pueda transmitir la urgencia de quien la vive.
Durante algunos años pareció instalarse una falsa discusión entre juventud y experiencia. Como si renovar significara necesariamente desplazar a quienes acumularon años de gestión. La política, como casi todo en la vida, rara vez funciona con esa lógica. Los dirigentes jóvenes aportan nuevas miradas, otra relación con la tecnología y una lectura distinta del mundo que viene. Los que llevan años en la función pública conocen el territorio, administraron crisis y aprendieron que los problemas importantes no suelen resolverse con un buen discurso ni con una publicación en redes sociales. Una provincia necesita ambas cosas. Renovar no consiste en reemplazar una generación por otra. Consiste en hacer que las dos trabajen juntas. Dicho de otro modo: no se trata de elegir entre el veterano y el novato. Se trata de que el veterano no se crea con la verdad absoluta y el novato no se crea el salvador.
Ahí parece estar una de las claves de esta etapa. Porque descentralizar no significa solamente recorrer municipios. Significa también distribuir responsabilidades, confiar en los equipos y permitir que quienes conocen cada realidad puedan tomar decisiones.
El propio Passalacqua viene insistiendo con otra idea que dialoga con esa mirada: Misiones debe pensar con independencia. No como un gesto de aislamiento, sino como una necesidad. Cuando la Nación reduce recursos, paraliza obras o traslada responsabilidades a las provincias, el margen para esperar soluciones externas prácticamente desaparece. Administrar con autonomía deja de ser una consigna política para convertirse en una obligación cotidiana. Y también, dicho sea de paso, en una forma de no quedarse llorando sobre la leche derramada.
Ese criterio aparece detrás de muchas decisiones de las últimas semanas: créditos para productores, alivio fiscal para pequeños contribuyentes, programas de financiamiento, regularización de tierras, apertura de nuevos mercados para la yerba mate y obras que quizá no ocupen las portadas nacionales, pero modifican la vida de quienes conviven todos los días con esos problemas.
Hay una enseñanza que la política suele olvidar: los liderazgos más sólidos no son necesariamente los que concentran todas las decisiones. Muchas veces son los que logran construir equipos capaces de sostener un proyecto incluso cuando el conductor no está presente. La confianza, en ese sentido, también es una forma de ejercer el poder. Y quizás allí aparezca la verdadera diferencia que intenta construir esta gestión. No tanto una nueva estructura política, sino una manera distinta de entender el funcionamiento del Estado.
Macondo nunca fue importante porque figurara en los mapas. Fue importante porque García Márquez comprendió que la verdadera historia siempre sucede donde vive la gente. Las provincias también tienen sus propios Macondos. Y gobernarlas exige mirar mucho más allá de la ciudad donde funcionan las oficinas públicas. Exige entender que el futuro de Misiones también se escribe en cada municipio, en cada colonia y en cada comunidad que espera que el Estado llegue antes de que los problemas se vuelvan irreversibles. Si no, después, como en los libros, solo queda la nostalgia de lo que pudo ser y no fue.
Una sábana
Borges contó una vez que los símbolos pueden decir más que cualquier discurso. No hace falta recordar el cuento. Alcanza con ver lo que pasó cuando la Selección mostró la bandera de Malvinas en el escenario más grande del mundo. Fue un partido de fútbol. Nadie debería perder de vista ese dato. Pero también fue mucho más que un partido de fútbol.
En apenas unos segundos, una imagen recorrió el planeta y volvió a colocar en el centro de la escena una causa que para los argentinos trasciende gobiernos, partidos políticos e ideologías. La soberanía sobre las Islas Malvinas no pertenece a un presidente ni a una fuerza política. Pertenece a la historia, a la memoria y a una convicción compartida por generaciones. Eso, hasta hace unos días, parecía un consenso.
Hay un detalle que añade todavía más peso a esa imagen. Esa bandera que recorrió el mundo no fue diseñada por la Cancillería ni cosida en un taller oficial. La hicieron hinchas argentinos sobre una sábana de hotel, la ingresaron a la cancha de contrabando y la mostraron sin esperar nada a cambio. Con eso, con una sábana pintada a mano y el ingenio de unos pocos, se logró algo que la diplomacia no había conseguido en décadas: que el mundo volviera a hablar de Malvinas. Y que lo hiciera, además, en el idioma de la emoción.
Por eso resulta difícil comprender la reacción del presidente Javier Milei, que volvió a desmarcarse de un sentimiento que parecía de los pocos capaces de unir a los argentinos. Su postura no solo se distancia de la política exterior sostenida durante décadas por distintos gobiernos; también parece desconocer el valor simbólico que tuvo ese gesto para miles de Veteranos y para las familias de quienes dejaron la vida en el Atlántico Sur.

Nadie supone que una bandera mostrada después de una final cambie por sí sola el estatus jurídico de las islas. Pero tampoco conviene minimizar el poder que tienen los símbolos. Durante años, la diplomacia argentina buscó instalar el reclamo de soberanía en organismos internacionales, foros multilaterales y mesas de negociación. El fútbol, con una naturalidad imposible de planificar, consiguió que millones de personas alrededor del mundo volvieran a preguntarse por Malvinas.
No es un detalle menor que incluso medios británicos comenzaran a discutir el tema. The Telegraph, uno de los diarios más tradicionales del Reino Unido, llegó a preguntarse si no había llegado el momento de reabrir el debate sobre la soberanía. Más allá de las conclusiones que cada uno pueda sacar, el solo hecho de que esa pregunta aparezca publicada en un periódico inglés demuestra que la imagen produjo un impacto que excede largamente el resultado deportivo. Una bandera hecha sobre una sábana de hotel, ingresada de contrabando a un estadio, logró más que años de declaraciones oficiales.
Por eso sorprende que el Gobierno nacional haya elegido tomar distancia en lugar de comprender el alcance del momento. No se trató de utilizar políticamente a la Selección. Todo lo contrario. Fueron los propios jugadores quienes, de manera espontánea, recordaron una causa que atraviesa a toda la sociedad argentina. No hubo consignas partidarias, ni discursos electorales, ni apropiación sectorial. Hubo un mensaje sencillo: las Malvinas siguen siendo argentinas.
Esa diferencia, en política, es enorme. Una cosa es intentar convertir el deporte en una tribuna partidaria. Otra muy distinta es entender que el deporte también expresa sentimientos colectivos.
Los veterano de Malvinas lo entendieron enseguida. Muchos hablaron de emoción, de reconocimiento y de respeto. Después de tantos años cargando el peso de una guerra que nunca debió ocurrir, ver la bandera de Malvinas en el escenario deportivo más importante del planeta tuvo un valor imposible de medir en términos diplomáticos. Aunque, quizás, en términos simbólicos, fue más efectivo que cualquier declaración de la Cancillería.
Hay causas que necesitan negociaciones. Otras necesitan memoria. Malvinas exige ambas. La Argentina debe seguir reclamando por la vía diplomática, como lo establece la Constitución y como lo respaldan numerosas resoluciones internacionales. Pero también necesita que las nuevas generaciones comprendan que esa discusión no empezó en 1982 ni terminó con la guerra.
Quizá esa sea la mayor enseñanza de lo ocurrido. A veces un partido de fútbol no cambia la historia. Pero puede lograr algo igual de importante: que el mundo vuelva a hablar de ella. Y que algunos, como el Presidente, recuerden que hay símbolos que no se negocian. Ni con los británicos ni con la propia historia. Y que, a veces, una sábana pintada a mano en una habitación de hotel dice más que todas las declaraciones oficiales juntas.

