Secciones

Written by 8:20 am Política

Opinión | El mapa y el tiempo

Mientras en Misiones se perfora la tierra para que llegue el agua, en la Nación se perfora el discurso para que no lleguen las preguntas. Por un lado se construye sobre el territorio, por el otro sobre el borrón y fingir demencia.

Por Sergio Fernández

El calendario tiene sus rutinas. El 9 de Julio, por ejemplo, siempre llega con su lote de discursos, banderas y niños con escarapelas mal prendidas. Pero esta vez, en Cerro Corá, la fecha se negó a quedar encerrada en el protocolo. El gobernador, Hugo Passalacqua, subió al escenario y habló de independencia. No como un eco de 1816, sino como una pregunta sobre el presente.

“Los misioneros debemos pensar de forma independiente para tomar las riendas de los desafíos que se vienen”, dijo. La frase no fue una ocurrencia ni un guiño a la historia. Fue la síntesis de una línea que el Gobierno provincial viene sosteniendo frente a un escenario nacional que cada vez se parece más a un desierto: ajuste, recursos que no llegan, responsabilidades que se transfieren sin previo aviso.

Para Misiones, la independencia se plasma en hechos palpables. Capacidad de decisión, administración con recursos menguantes, prioridades propias en un país donde las necesidades del interior suelen quedar relegadas frente a la agenda del poder central. Dicho de otro modo: no esperar que Buenos Aires resuelva lo que Buenos Aires ya decidió que no va a resolver, como viene ocurriendo desde 1810.

Passalacqua habló de federalismo, de diálogo, de convivencia. Recordó que la Independencia no fue un grito unánime, sino una costura de desacuerdos. Que las provincias no firmaron la misma letra, pero supieron encontrar un mismo sentido. También sostuvo que defender una posición política no obliga a convertir al otro en enemigo y que cambiar de opinión forma parte de la democracia. Frases que, en el contexto provincial, tienen una lectura inevitable.

Misiones atraviesa un reacomodamiento. Sectores que durante años convivieron dentro de una misma estructura ahora se redefinen, se reposicionan, se observan. Frente a ese escenario, el Gobernador evitó alimentar enfrentamientos. Eligió colocar por encima de las disputas una idea sencilla: se puede disentir sin descalificar y se puede construir sin romper. No es neutralidad. Es otra forma de ejercer autoridad.

La traducción práctica de ese discurso pudo observarse apenas un día antes en Puerto Iguazú, donde todo el Gabinete provincial se reunió con 14 intendentes de la zona norte. No fue un acto para alimentar una galería de fotos ni una sucesión de discursos vacíos. El encuentro se organizó mediante mesas de trabajo. Cada jefe comunal planteó sus problemas directamente ante los ministros. Sin intermediarios, sin protocolos, sin esperar el turno. En tiempos de restricciones presupuestarias, ese método resulta más necesario que nunca.

Los intendentes participantes destacaron la posibilidad de conversar mano a mano con los funcionarios provinciales. También expusieron una dificultad que atraviesa a todas las administraciones locales: los recursos nacionales no llegan en la proporción que requieren. La Nación se retira de áreas sensibles, reduce transferencias, paraliza obras. Pero los problemas no desaparecen. Permanecen en cada barrio y terminan golpeando la puerta del intendente primero, y del Gobernador después.

En ese marco, pensar de forma independiente no significa encerrarse ni pretender que Misiones puede resolver sola las consecuencias de la crisis nacional. Significa no quedar paralizado esperando respuestas externas. Significa construir herramientas propias, fijar prioridades y reclamar lo que corresponde sin abandonar la responsabilidad de gestionar.

En Almafuerte, una perforación de 245 metros no es un dato técnico. Es el fin de años de camiones cisterna para 25 familias. El agua que llega no viene de un discurso. Allí también hubo articulación entre la Provincia, el IMAS y los municipios. No fue una obra concebida desde un escritorio distante, sino una respuesta surgida de una demanda territorial.

La reunión con el gobernador correntino Juan Pablo Valdés amplió esa idea a una escala regional. Misiones y Corrientes comparten necesidades en infraestructura, energía, logística, producción, turismo y desarrollo forestoindustrial. También comparten reclamos históricos, como la llegada del gas natural y una distribución más equilibrada de las inversiones nacionales. Passalacqua sostuvo que ninguna provincia puede resolver sola esas desigualdades. La afirmación no contradice su llamado a pensar con independencia. Demuestra, más bien, que la autonomía no es aislamiento.

Incluso la participación de Misiones en la feria Caminos y Sabores, en Buenos Aires, puede leerse dentro de esa misma estrategia. Productores y emprendedores llevaron yerba mate, mandioca, alimentos libres de gluten, productos regionales y desarrollos innovadores a una vidriera nacional. No se trató solamente de promoción gastronómica. Fue mostrar una provincia que intenta agregar valor, abrir mercados y convertir su identidad productiva en una herramienta de desarrollo.

En un país cada vez más concentrado en discusiones nacionales y enfrentamientos políticos permanentes, Misiones procura sostener una agenda distinta. No está exenta de dificultades, conflictos ni limitaciones. Pero busca evitar que la coyuntura consuma toda la energía de la gestión.

El 2027 todavía no aparece de manera explícita en los discursos oficiales, pero la política nunca deja de mirar el calendario. Passalacqua sabe que una candidatura no se consolida solamente con estructuras partidarias o declaraciones de dirigentes. Se construye administrando, acumulando confianza y demostrando capacidad para mantener unido al territorio aun cuando la política atraviesa momentos de tensión.

Esa lectura de calendario dejó de ser una intuición para volverse un hecho político concreto. Sobre el final de la semana, el entorno del Gobernador oficializó el nacimiento de “Movimiento por lo que viene”, el espacio llamado a ordenar la etapa que se abre tras el reacomodamiento interno. El nombre no es casual: evita cualquier referencia al pasado y coloca el acento en lo que vendrá. Su núcleo no se explica por declaraciones de dirigentes, sino por la adhesión de la mayoría de los intendentes, esos mismos jefes comunales que la semana anterior se sentaron a discutir problemas concretos en Puerto Iguazú. Allí, más que en cualquier consigna, se advierte la coherencia entre el discurso de autonomía y la construcción política.

La foto de Cerro Corá, con el Gobernador rodeado de intendentes y legisladores que comenzaron a referenciarse públicamente en su liderazgo, funcionó como el primer anuncio silencioso del nuevo tablero. En un acto patrio, sin discursos de campaña ni definiciones estridentes, la imagen condensó el reordenamiento que ya se venía procesando.

Por eso, el mensaje de Cerro Corá excedió la conmemoración histórica. Pensar de forma independiente implica también que Misiones pueda definir su futuro sin quedar sometida a las urgencias, los modelos o las disputas que se diseñan lejos de la provincia. Y gobernar desde el territorio implica que esa independencia no quede convertida en una consigna vacía. Debe expresarse en agua para una colonia, ministros sentados con intendentes, productores mostrando su trabajo, provincias vecinas defendiendo intereses comunes y un Estado que, aun con menos recursos, intenta conservar capacidad de respuesta.

La fortaleza del oficialismo no está hoy en una campaña anticipada ni en una discusión pública sobre candidaturas. Está en la posibilidad de vincular un discurso de autonomía provincial con una práctica cotidiana de gestión. La independencia que Passalacqua reivindicó el 9 de Julio se vuelve políticamente efectiva cuando la Provincia logra tomar decisiones propias, sostener a sus municipios y evitar que los misioneros queden solos frente a una Nación cada vez más distante.

Borrón y cuenta nueva

En El talento de Mr. Ripley, Patricia Highsmith construye un personaje inquietante. Tom Ripley no resuelve los problemas que provoca: simplemente cambia de escenario. Cuando una mentira empieza a desmoronarse, inventa otra realidad. Sigue caminando como si nada hubiera pasado, convencido de que el próximo movimiento alcanzará para borrar el anterior. La política, a veces, también ensaya ese mecanismo.

Después de semanas marcadas por las dudas sobre el patrimonio de Manuel Adorni, las contradicciones en su declaración jurada y una defensa oficial que hizo más ruido que las propias explicaciones, el Gobierno nacional decidió hacer exactamente eso: seguir adelante como si el escándalo nunca hubiera existido. Fingir demencia, que en política también es un arte.

La agenda volvió a poblarse de anuncios. Eliminación de las PASO. Reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Nuevas discusiones institucionales. Otra vez el discurso refundacional. Otra vez la promesa de cambiar la Argentina. El problema, claro, es que los proyectos no se discuten en el vacío. También importa quién los impulsa.

Milei llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios, con la casta y con los funcionarios que utilizaban el Estado para beneficio propio. Ese fue el contrato político que firmó con buena parte de la sociedad. Por eso el caso Adorni pesa más que un escándalo administrativo. Porque pone en cuestión la autoridad moral desde la que el Gobierno pretendía diferenciarse. Y esa autoridad, una vez erosionada, no se recupera con un decreto.

Durante días el Presidente eligió defenderlo sin matices. Después empezó a cambiar el tono. Ya no habló de inocencia. Dijo que, si la Justicia encontraba responsabilidades, él mismo lo echaría. La frase suena razonable. También revela otra cosa: el Gobierno pasó de garantizar que no había nada que explicar a preparar la salida por si las explicaciones no alcanzan. No es un detalle. Es una forma de gobernar que se parece mucho a la de aquellos a quienes prometió no parecerse.

Mientras tanto, la Casa Rosada volvió a necesitar de los gobernadores para avanzar con reformas que requieren mayorías parlamentarias. Eliminar las PASO puede tener lógica. Incluso hay argumentos sólidos para sostener que representan un gasto difícil de justificar en un contexto de ajuste. La discusión merece darse. Lo mismo ocurre con la modernización del Banco Central. Lo que cuesta más entender es por qué los gobernadores deberían entregar nuevamente un cheque en blanco a un Presidente que convirtió el incumplimiento de los acuerdos políticos en una práctica habitual.

La confianza, en política, también es un capital. Y cuando se rompe, no alcanza con un discurso para recuperarla. Los mandatarios provinciales empiezan a percibirlo. Ya no discuten solamente el contenido de las reformas. También se preguntan cuánto vale la palabra de un Gobierno que suele modificar las condiciones después de cerrar los acuerdos. En política, como en la vida, nadie firma dos veces el mismo contrato si la primera experiencia terminó mal. Salvo que no tenga otra opción. Y esa, precisamente, es la queja de los gobernadores.

Mientras todo eso ocurre, apareció otro intento de apropiación. La Selección Argentina volvió a convertirse en territorio de disputa. Unos buscan presentarla como el símbolo del mérito individual que pregona el Gobierno. Otros intentan convertir cada gesto de los jugadores en una respuesta política contra Milei. Los dos cometen el mismo error: creer que todo necesita ser colonizado por la grieta.

El fútbol argentino logró algo que la política hace tiempo perdió: reunir en un mismo abrazo a personas que piensan distinto. En una tribuna nadie pregunta a quién votó el que grita el gol. Nadie necesita saber si el que tiene al lado es peronista, radical, libertario o socialista para abrazarlo cuando la pelota entra. Quizás por eso algunos dirigentes sienten la necesidad permanente de apropiarse de esa emoción colectiva. Porque saben que la política ya no produce ese tipo de consensos. Y porque, en el fondo, les duele que un grupo de jugadores logre en 90 minutos lo que ellos no consiguen en años de discursos.

La Selección no necesita traducirse en un mensaje partidario. Ya representa algo mucho más importante: la posibilidad, cada vez más escasa, de recordar que los argentinos todavía son capaces de celebrar juntos. Tal vez esa sea la diferencia más incómoda para un tiempo donde muchos dirigentes parecen convencidos de que gobernar consiste únicamente en encontrar un nuevo tema antes de que el anterior termine de explotar. Y si el nuevo tema no alcanza, siempre queda la Selección. Mientras tanto, la pelota sigue rodando. Y la política, también.

(Visited 5 times, 5 visits today)
Close

Add to Collection

No Collections

Here you'll find all collections you've created before.