Ireneo Rodríguez cumplió 99 años y lo celebró en Campo Grande, rodeado de hijos, nietos y bisnietos. Nació en Virasoro, Corrientes, pero desde joven adoptó la tierra colorada como su lugar en el mundo. A los 12 años ya ayudaba a sus padres y desde entonces no dejó de trabajar.
Con una vitalidad que sorprende, Ireneo mantiene hábitos que, según su familia, han sido clave para llegar a esta edad con energía y lucidez. “Yo soy muy natural. Como muchas verduras y si me enfermo, me curo con la naturaleza. El agua, el vapor, el baño de barro, tienen todo para que nos curemos”, afirma con convicción.

Cada mañana se levanta al amanecer, realiza sus baños naturales y lee el diario. No toma mate, nunca estuvo internado y, según cuenta su hija Patricia Rodríguez, todavía lee sin anteojos y con memoria intacta: “Lee rápido, y después se acuerda lo que leyó”.
Con orgullo, Ireneo también destaca un detalle que pocos pueden decir a los 99 años: nunca se tiñó el pelo. Y lo conserva en excelentes condiciones.
Parte de su historia laboral transcurrió en la histórica fábrica de aceite de tung que funcionó en Campo Grande bajo el nombre de Oleaginosa Campo Grande. Allí, Ireneo se desempeñó durante años en el área de talleres. Aunque esa industria ya no está activa, el aceite de tung sigue teniendo presencia en Misiones gracias a emprendedores locales que lo producen a partir de las semillas del árbol homónimo.

“Hacer el bien y estar bien con uno y con los otros”
Durante su festejo, Ireneo expresó su deseo más profundo: la unión familiar. “Lo que más deseo es que la familia esté unida y feliz. Y que siempre nos juntemos a festejar. Hacer el bien y estar bien con uno y con los otros, es lo primero”, dijo antes de soplar las velas, con una sonrisa serena y plena.
A punto de cumplir un siglo, no solo conserva una salud envidiable, sino también una visión del mundo que conmueve y deja enseñanzas. Su historia, sencilla y profunda, representa el valor de la constancia, el trabajo y el vínculo con la naturaleza.

